PRESENTACIÓN

¿Está de moda escribir de cualquier manera sobre cualquier cosa? Siempre lo ha estado, creo yo. Simplemente con frecuencia dejamos de reparar en el hecho de que escribir es algo más que hablar con letras de imprenta. Esto parece haberse olvidado, por desgracia. No obstante, incansables, unos pocos -que bien quisiera fuésemos legión- tratamos de remontar, quien a bordo de frágil esquife de artesana factura, quien desde el castillo de proa de un soberbio galeón editorial, el curso inagotable de la lengua castellana, en cuyas márgenes feraces viene creciendo desde hace siglos el acervo de nuestro patrimonio común. ¿Común? Sí común. Común porque a todos nos pertenece, pro indiviso, y a todos nos corresponde velar por su tutela, lustre, encomio y difusión. Ved sino qué ocurre con las otras grandes literaturas: sajonas, latinas... en menor medida –estáis en lo cierto- las eslavas. Hoy tienen su espacio, creciente, en la Red, punto acaso equidistante entre el libro y la televisión. ¿Es que la nuestra no merece hoy brillar a la misma altura? ¿Es que hemos de pasar por el oprobio de ver que, a causa de nuestra molicie y abandono, sean tantas veces eruditos foráneos quienes nos sobrepujen, merced a su renovado interés en sacar de la incuria a las glorias de las letras hispánicas? Proyectos hay, sin duda, a los que es preciso dar nuestro aplauso y bienvenida, como la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, cuyo mérito es justo reconocer. Pero, ¡ay!, teniendo dónde hallar las lecturas, faltos estamos, empero, de nuevos lectores, puntales en que se apoya el pesado andamiaje de cualquier empresa cultural. Échesele con razón la culpa al progresivo sometimiento de la sociedad ante la seductora llamada del ocio improductivo, enseña propia y característica del mundo contemporáneo. No faltará quien cargue las tintas contra la inmunda gallofa que, día si y día también, ofrecen los medios de comunicación audiovisual, con la que velis nolis las familias se pasan las horas muertas y que transforman en sabrosa colación sin experimentar bascas ni mareos. Imperdonable resulta que este mundo occidental -cuyos habitantes se ven ahora por fortuna aliviados del yugo del trabajo agotador que les oprimiera en otras épocas- despilfarren sus crecidos ratos de esparcimiento en recrearse con las fingidas miserias de la hez de la sociedad. Lejos de mi creer ni solicitar que cada individuo tenga que buscar esparcimiento exclusivo en el provechoso ejercicio de la lectura, pero de ahí a prescribir y aborrecer el sano contacto con la literatura, dista un trecho. Sin embargo, a nuestro deficiente y precario sistema educativo, pretendida academia de filósofos prácticos que se convierte a pasos agigantados en escuela del Dómine Cabra de baratillo, es al que con mayor vehemencia hemos de censurar como fuente principal de todos estos males. Mientras sus mentores se están llevando por delante, a golpe de decreto, los últimos cimientos del edificio de las Humanidades, recinto venerable de la cultura y de los valores sobre los que se asienta el desarrollo de la persona, tan solo unos pocos hombres y mujeres, que bien merecerían el calificativo de héroes de nuestro tiempo, perseveran en la defensa de los carcomidos muros de esta Numancia sobre la que alzaron su fortuna intelectual generaciones y generaciones de hispanohablantes quienes, desde diferentes posiciones morales, políticas e intelectuales, supieron situar a nuestra común cultura en aquel lugar preeminente que todos deberíamos recordar, conocer y valorar.

Mi modesto propósito consiste, fundamentalmente, en reunir aquí algunas notas sobre aspectos diversos de nuestras letras hispánicas en la actualidad olvidados. Sin afán alguno científico ni exhaustivo, y lejos de toda erudición de la que, por otra parte, carezco en absoluto, trataré de dedicarle algún tiempo a este afán. No se piense que deliberadamente niego el amparo a las consideraciones que puedan hacerse sobre escritos y autores que cultivaron con estima las otras lenguas vernáculas de nuestro solar hispano. Tan solo he de decir que mi desconocimiento de las mismas es inversamente proporcional al deseo de que alguno de los pasajeros, cultivadores de esas lenguas vernáculas, que recalen en este rincón, tengan la benevolencia de dejar su preciado óbolo, por lo que cuentan desde ahora con mi más sincero agradecimiento. Tampoco he de ocultar mi vivo deseo de que cultos y generosos amigos del otro lado del atlántico puedan ejercer cómo y cuándo les convenga su corresponsalía con este humilde arcediano, deseoso en toda hora de solazarse en la armonía de los delicados matices con que en la América hispana nuestra lengua común se viste y engalana. Por último -dense no obstante por excusados de la presente advertencia los que de buena fe pasasen por aquí sin otro ánimo que el de ver reflejada su opinión discordante o establecer una sana polémica-, sepan los que con otras intenciones vinieren que amablemente serán invitados a seguir su camino en mala hora, cuanto más que aquí no tendrán cabida aquellas expresiones que, sobre ser groseras y desabridas, no se hayan de ajustar puntualmente a las reglas del buen gusto.

Nada más, disculpadme el enfado de leer esta presentación y sed bienvenidos a LA CASA DEL ARCEDIANO.

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